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Casi todos los faraones del Imperio Nuevo están enterrados en el Valle de los Reyes. Y, un poco más al sur, se encuentra el Valle de las Reinas, dónde eran enterrados los familiares reales. Todas las tumbas del Valle de los Reyes, pese a la dificultad que éste suponía para los ladrones, fueron saqueadas, excepto la del joven rey Tutankamón, que fue descubierta intacta por Howar Carter en 1922.
Las excavaciones han facilitado un total de sesenta y dos tumbas, además de otras que quedaron inacabadas y de diferentes pozos, que totalizan más de ochenta puntos de inhumación, aparte de los todavía no localizados. Debajo de la tumba de Seti I se encontró por casualidad la tumba de Tutankhamon. Según cuentan, al efectuar algunos movimientos de tierra para descubrir las tumbas, esto hizo que la de Tutankhamon quedara totalmente tapada. Y fue en 1922 cuando los obreros a las órdenes de Howard Carter, descubrieron en la caseta donde pernoctaba la expedición, la pista que les conduciría al encuentro de la única tumba intacta, con los sellos reales intactos en las puertas y repleta de tesoros de una magnitud incalculable, perteneciente al Imperio Nuevo. Tutankhamon fue la tumba número 62, la última de las descubiertas.
En el Valle de los Reyes sobresalen dos grandes vías, una, la principal, en el sector oriental, con la mayoría de las tumbas catalogadas, cincuenta y ocho en total. Otra, la occidental, en la que de sus pocas tumbas localizadas, catalogadas sólo cuatro, destacan las de Amenofis III (1402-1364 a.C.) y de Ay (1337-1333 a.C.). Este sector es conocido como el “Valle de los Monos”, por la representación de doce monos en la tumba del último faraón citado. De hecho, el Valle de los Reyes comenzó a ser considerado como gran necrópolis a partir de la dinastía XVIII, tiempo en el que fueron enterrados no solo faraones sino también miembros de la familia real, reinas y príncipes, y grandes personalidades.
El presente del Valle de los Reyes de Luxor es el desescombro de algunas tumbas y el redescubrimiento de algunas que se han vuelto a perder desde el siglo XIX. Actualmente se están produciendo labores de restauración así como para facilitar el acceso al lugar. No todas las tumbas están abiertas al público, pero sí las que despiertan mayor interés por sus bellísimas pinturas.
Tras la derrota de los hicsos, los faraones tebanos de la XVIII dinastía empezaron a construirse sus tumbas en un estilo que correspondía a los soberanos de todo Egipto. La tumba de Amen-Hotep I estuvo probablemente en Dra Abu el-Naga. Su posición no se conoce con certeza, pero se estima que ésta fue la tumba más antigua del nuevo tipo. Thutmosis I fue el primero que tuvo su sepultura excavada en las rocas de un valle desolado, más allá de Deir el-Bahari, conocido ahora como el Valle de los Reyes. Tras Thutmosis I lo harían numerosos reyes de las dinastías XVIII, XIX y XX. Como es sabido Akhenatón (1364-1347 a.C.) se hizo enterrar en la necrópolis de su nueva capital Akhetatón, hoy Tell el-Amarna.
Las tumbas estaban separadas de los correspondientes templos funerarios, levantados al borde las tierras de cultivo. No consta con certeza la motivación que indujo a separar templo y tumba; las razones debieron de ser tanto religiosas como arquitectónicas.
El plano de las tumbas reales de las dinastías XVIII-XX, la última es la tumba de Ramsés XI, en el Valle de los Reyes, consiste en un largo corredor inclinado, excavado en la roca, con una o varias salas (a veces con pilares), y que terminaba en la cámara sepulcral. En las tumbas más antiguas, el corredor gira a derecha o izquierda, generalmente en ángulo recto, después de una cierta distancia; pero desde finales de la XVIII dinastía era recto. Y su longitud podía ser considerable: el de Hor-em-heb tiene ciento cinco metros de largo, ochenta y ocho metros el de Siptah, y ochenta y tres metros el de Ramsés VI.
La decoración de las tumbas es casi exclusivamente religiosa. Abundan las escenas del faraón en presencia de los dioses. Pero los elementos más notables son los textos y las ilustraciones que acompañan a varias composiciones religiosas como el libro de Anduat “Lo que está en el mundo inferior”, “La letanía de Re”, y otros. Los primeros ejemplares de estos textos fueron hechos de tal modo que daban la impresión de enormes papiros funerarios desenrollados sobre los muros de la tumba. Desde finales de la XVIII dinastía, la decoración fue tallada en relieve.
A partir del reinado de Ramsés IX (1125-1107), Egipto entra en un periodo de crisis. Una invasión libia provoca trastornos sociales y económicos; los obreros tienen hambre y se declaran en huelga. La región tebana es presa de convulsiones que el poder central no consigue dominar. En el año 9 del reinado de Ramsés IX, se comete un crimen abominable: el pillaje de algunas tumbas. El esplendor de los sepulcros reales había aguzado ya la codicia de los ladrones, mas o menos organizados, pero sus tentativas perpetradas contra las tumbas de Seti I y Ramsés II , habían abortado gracias a las consignas de seguridad que se aplicaban todavía en el Valle.
Los desvalijadores del año nueve que se atrevieron a atacar el Valle de los Reyes; con la probable complicidad de altos funcionarios, penetraron en las tumbas de la XVII dinastía y en algunos sepulcros del Valle de las Reinas. En el momento del reparto se produjo un altercado y uno de los bandidos habló más de la cuenta; toda la banda fue detenida. La ejecución de los culpables no bastó para restablecer el orden.
Cuando el último de los ramésidas, Ramsés XI, sube al trono en 1098 a. de C. se enfrenta con disturbios cada vez más serios. Hambre, inseguridad, huelgas, expediciones libias, abusos de poder de potentados locales. Al cabo de una larga evolución, los sumos sacerdotes de Amón se han convertido en príncipes del sur de Egipto; Tebas les pertenece. El país esta de nuevo partido en dos.
Hacia el año dieciocho del reinado de Ramsés XI, unos desvalijadores asalta las tumbas del Valle de los Reyes. Esta vez la situación es más grave, una banda bien organizada aprovecha la falta de vigilancia y se apoderan de numerosas riquezas. Altos funcionarios, extranjeros e, incluso, artesanos de Deir el-Medineh participan en la conspiración y compran testaferros que, en la tumba de Ramsés VI, actúan con rara violencia destrozando la momia y deteriorando el sarcófago.
Detener a los culpables y castigarlos no bastará. Se adoptará una decisión dramática: es preciso abandonar el Valle de los Reyes. El estado ya no es capaz de velas por la seguridad del paraje. Egipto cambia, Pi-Ramsés pronto será abandonada en beneficio de Tanis, donde serán enterrados los faraones de la XXI dinastía. A la muerte de Ramsés XI, en 1069, Smendes subirá al trono mientras los sacerdotes de Amón seguirán afirmando su supremacía en la región tebana.
El último de los Ramsés, en sus veintinueve años de reinado ve como Egipto se disloca ante sus ojos. Tebas y el sur se le escapan, luego Pi-Ramsés y el norte; la capital sagrada y la capital económica pasan a otras manos. Aunque el país no se sume en una guerra civil, sus divisiones lo debilitan. Ramsés XI no fue capaz de mantener la unidad de las dos tierras, su tumba fue la última excavada en el Valle, pero es probable que su momia nunca fuera depositada en este enigmático lugar lleno de los más impresionantes monumentos Luxor.
Pinedjem I, que fue sumo sacerdote de Amón (1070-1055) y luego rey de Egipto (1054-1032), realizó la última inscripción jeroglífica del Valle y gracias sobre todo a este hombre piadoso se salvaron muchas momias reales. Pinedjem I comprendió que sus esfuerzos para proteger el paraje y sus reales ocupantes, serían inútiles; los desvalijadores no retrocederían ante nada para apoderarse del oro, las joyas y los amuletos.
Tomó pues una decisión desgarradora pero ineludible: cambiar de lugar las momias reales. El escondrijo se eligió con cuidado y la elección se reveló excelente puesto que será necesario esperar a 1881, para que el secreto sea descubierto. En el año 900 a. de C. las mayoría de las tumbas del Valle habían sido vaciadas y las divinas adoradoras de Amón, que formaban una dinastía femenina reinante en Tebas eligieron algunas de ellas como sepultura.
En aquel primer milenio antes de Cristo, el Valle de los Reyes, cerca de Luxor, siguió siendo un paraje sagrado, cada vez más enigmático y misterioso. Allí reinaban las sombras de gloriosos faraones; con el declive del poder egipcio y el progresivo abandono de Karnak, el Valle se hundió en las tinieblas.
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