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El chófer que te lleva hasta Simatai te deja en la falda de la montaña. Una vez allí, en un telecabina se sube hasta la mitad de la montaña y desde ahí se llega hasta la muralla caminando. La visita es pesada, dura, pero merece la pena. La Muralla no está remodelada, preparada para los turistas, lo que la hace más interesante.
Si antes se ha visitado otros tramos de la Gran Muralla, el tramo de Simatai puede que parezca un tanto deprimente por la falta de visitantes y ver los puestos de venta ambulante vacíos. Esta zona está lejos de Beijing, no es muy conocido y hay que atreverse a ir hasta allí. La Muralla semiderruida tiene un encanto especial y es de agradecer pasear por ella sin ruidos molestos y poder hacer las fotos que te plazcan sin apariciones molestas.
A la sombra de una sombrilla, los chinos de la zona que han cargado hasta la cima de la montaña venden agua, refrescos y galletas que se agradecen después de tan duro paseo.
