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Los conductores, por norma general, no hablan inglés. Es muy recomendable llevar escrito en un papel y en caracteres el nombre del lugar al que deseamos ir para que el conductor pueda entendernos. Siempre podrá probar su nivel de chino.
No hay que tener miedo al estilo de conducción que se practica en Shanghai. Es temeraria, impaciente y picaresca. Parece mentira el bajo número de accidentes que hay en la ciudad. Quizá, por ese motivo, siguen conduciendo como lo hacen.
Desde la acera, a salvo de unos conductores camicaces, se puede observar el alto número de taxis que hay circulando. Son vehículos con gran capacidad, amplios y cómodos. Son fáciles de reconocer por sus llamativos y eléctricos colores, azul, amarillo y verde, en la mayoría de los casos. El conductor está separado de los pasajeros por una mampara de seguridad. El asiento del copiloto suele tener una pantalla incrustada en su parte de atrás para que los viajeros puedan echar un ojo a las actividades que se ofertan en la ciudad.
El taxi es una buena solución para cuando el metro no tiene parada en el destino al que nos dirigimos. El mayor problema que presenta este medio de transporte es el caótico tráfico de su colapsado asfalto. Es muy probable quedar atascado en alguna calle subido en un taxi. Siempre podremos echar un ojo a esa televisión que no para de emitir imágenes, a veces, un tanto absurdas y cansinas.
