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Todos los elementos cambian de arquitectura. No sólo los templos o caracteres, sino también sus cabinas de teléfono así como los puestos de comida que venden los productos originales chinos.
Los carteles de neón, la aglomeración incesante de gente y el ruido de cada esquina hace de esta zona de Bangkok un lugar esquizofrenico. Cuando conoces la verdades china, aquella que está dentro de sus fronteras, te das cuenta de que la realidad no es tan exagerada y claustrofóbica.