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Cuando íbamos a lomos del elefante sentimos un par de veces que acabaríamos en el suelo porque el nuestro se tropezó pero cuando llegó el turno de los bueyes, no entendíamos cómo no volcaba ese carro entre los barrizales que había ese día.
Cuando llegó la hora de descender el río en barcas de bambú, se puso a diluviar. Para los trabajadores del parque eso no fue motivo suficiente para esperar hasta que escampase así que allí fuimos. Nos empapamos hasta que a medio camino salió el sol. Tailandia es así.