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La ciudad de Trat, amén de satisfacer las necesidades de sus habitantes, está repleta de restaurantes a los que muy pocos occidentales se atreven a entrar y, los que se deciden, nunca llegan a entender la carta. Son muchos y variados, con precios muy por debajo de la media en las grandes ciudades.
Pero lo que sin duda alguna llama la atención es la cantidad de puestos ambulantes de comida que se despliegan por sus calles. Comida para cocinarla en casa o ya lista para comer. Una posibilidad más que fiable para probar todo aquello que los tailandeses tomen con frecuencia y que, a priori, hayan entrado por los ojos del visitante. El mercado diurno y el nocturno. Es como si estuviese abierto 24 horas porque cuando cierra uno, el otro ya está dispuesto a trabajar.
Para los menos atrevidos, Trat también ofrece algún restaurante algo menos local y muestra su cara disfrazada de un orden y estilo en su decoración pero que elaboran los mismos platos thai. Normalmente, sus dueños son occidentales casados con mujeres tailandesas que han establecido aquí su vida y han impulsado un negocio. La comida es exquisita, tanto como la de los puestos, pero los precios suben algunos baht, aquellos que se pagan por comer en un salón con aire acondicionado y con cubiertos que no sean de plástico.
Lejos de esta oferta, las islas de la provincia de Trat, y en especial Chang, disponen de otro tipo de restaurantes. Los mercados callejeros y puestos ambulantes desaparecen sin dejar rastro de un pequeño carrito que venda fruta. Aquí se impulsan más los rincones culinarios con comida occidental a un precio algo más elevado.
El mejor lugar para comer el marisco y pescado fresco es en los restaurantes de los que disponen los propios hoteles y a los que todo el mundo puede acceder. También existen muchos bares en las calas de las playas menos conocidas donde la oferta es algo más abundante y los precios más asequibles. Barbacoas a la luz de las velas y cocktails en la “happy hour” es su mayor reclamo.
