El escritor y pintor catalán Santiago Rusiñol escribió una obra sobre Mallorca titulada “L’illa de la calma” (La isla de la Calma). En la actualidad, en los medios turísticos, se utiliza con frecuencia el apelativo de “Isla de la Calma” para referirse a la mayor de las Baleares.
Mallorca se asemeja a un cuadrilátero cuyos vértices señalaran los cuatro puntos cardinales. Poniente, montañoso y difícil, de piedra brava, de altos miradores y pueblecitos escalonados: Deyá, Valldemosa, en cuya cartuja residió Chopin, etc. Levante, con millares de pequeñas calas de agua verde y azul. Al sur, las playas de Sa Ponça, El Arenal, Palma Nova, etc. Y arriba, mirando hacia Menorca y Francia, los dos grandes arcos de Pollensa y Alcudia.
El clima de la isla es típico mediterráneo, ya que cuenta con unas altas temperaturas en verano y no muy bajas en invierno. A veces nieva en altura, sobre la sierra de Tramontana, o sobre la de Levante.
Las bellezas naturales de la isla son tales que, como dijo la escritora Jorge Sand, “sería imposible describirlas”.
Hoy día, Mallorca, con miles de hoteles y con un aeropuerto con una actividad comparable a Madrid y Barcelona, constituye un auténtico paraíso para el turismo nacional y extranjero.
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Antes de visitar Mallorca, leed “La Isla de la Calma” de Santiago Rusiñol, una auténtica delicia y regalo espiritual. Aunque sea una visión idílica de 1922, vale la pena para hacer boca; es una de las mejores obras que he leído y no es muy extensa con un lenguaje claro que llega a quien se preste leerlo. Después vendrán las típicas enseimadas y lo que usted quiera.
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