No fumes en los trenes de Praga

21 enero, 2010

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Praga, República Checa. 16:00 horas. La capital de la República Checa me había dejado fascinado. Es como retroceder en el tiempo hasta la Edad Media y fusionar este escenario con los tiempos que corren en la actualidad. Pero nuestra estancia en Praga había llegado a su fin y nos encontrábamos en la estación de tren dispuestos a viajar a Cracovia, uno de las ciudades más importantes de Polonia.

Compartíamos viaje con un gallego que había sufrido un percance durante su periplo por tierras bálticas. Nos contó que estando en Riga, la capital de Letonia, un grupo de hombres con pinta de abrir botellas con la cuenca de los ojos le persiguieron por toda la estación de tren y no precisamente para ofrecerle una cálida bienvenida. Su hipótesis es que iba a ser secuestrado por un grupo de mafiosos rusos con oscuras intenciones, nunca sabremos la verdad.

Mientras nos relataba su historia con todo lujo de detalles, Henar, mi compañera de viajes, se encendió un cigarro. Por aquel entonces en los trenes que habíamos tomado no existía prohibición alguna sobre el tabaco, lo que nos hizo suponer que se podía fumar.

En un momento dado, aparecieron por la puerta un par de policías que nos brindaron un saludo militar. A continuación nos dijeron algo en checo pero lógicamente no entendimos ni una palabra. Le contesté que éramos españoles y no entendíamos su lengua. El policía, con rostro solemne, balbuceó algunas palabras en inglés que fuimos incapaces de descifrar. A medida que la comunicación se hacía más imposible, el policía iba agriando su carácter.

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Desesperado, el policía señaló el cigarro que Henar sostenía entre sus dedos, frunciendo el ceño en señal de desaprobación. El tipo nos quería decir que estaba prohibido fumar en el tren. Henar, frustrada, se dirigió al gendarme en castellano diciéndole que no había visto en todo el tren un solo cartel de prohibición. Al no entender la frase, el agente respondió en checo elevando ligeramente la voz, gesticulando aparatosamente con sus brazos.

Para calmar los ánimos, traduje lo que había dicho Henar, pero era demasiado tarde, para aquel miembro de las fuerzas de seguridad nos habíamos convertido en un plus económico y tenía muy claro su objetivo: desplumarnos. Ante sus ojos, habíamos dejado de ser turistas españoles para convertirnos en billetes de 50 euros con patas

El gendarme se dirigió a la puerta del departamento y corrió una cortina dejando entrever un diminuto cartel en el que se prohibía fumar. A continuación sacó de su chaqueta una libreta  para extendernos una cara receta por haber inflingido la prohibición. Ante este gesto, Henar comenzó a gritar al policía en castellano. El agente era implacable, escribió una cantidad en el cuaderno y nos la mostró: 2000 Coronas Checas que al cambio vienen a ser unos 80 euros.

En ese preciso instante perdí los papeles. Con la mayor de las violencias le dije al policía que no era lógico ponernos una multa por fumar en un tren en el que los carteles de prohibición estaban ocultos. Pero todo eso le daba igual al gendarme, él quería su recompensa. Nuestro departamento se convirtió en un gallinero, todos dando gritos sin coherencia, menos el compañero del policía que no se pronunciaba.

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Ante tanta hostilidad, le dije al agente que no teníamos coronas porque habíamos cambiado todo el dinero. El tipo no hacía ascos a los euros e hizo rápidamente la conversión, anotando en la libreta la cantidad de 80 euros. Al ver la cantidad, Henar entró en trance, y yo elevé un grado más mi nivel de hostilidad. Le dije que no teníamos tanto dinero encima y el policía hizo algo que lo delató: comenzó a regatear con el precio de la multa. Nos bajó la sanción a la mitad y luego a un cuarto. Se le vio el plumero.

Nuestro enfado no tenía límites, un policía checo tratando de sacarnos los cuartos con total  descaro. Nos negamos a pagar un solo euro ante semejante estafa. Ciertamente nos daba igual pasar la noche en un calabozo, no íbamos a dejar que aquel tipo nos engañara. Y cuando todo apuntaba a una fría noche en comisaría, el policía puso cara de frustración, guardó la libreta y se despidió de nosotros diciéndonos que no volviéramos a fumar en el tren. Se acabó, la pareja de agente dio media vuelta y desaparecieron.

A los pocos minutos el tren arrancó, y estuvimos largo rato comentando la jugada. La conclusión fue que aquel policía pretendía engañarnos como a chinos para sacarse un jugoso plus, aunque ciertamente todo pudo deberse a una confusión o a un malentendido. Probablemente jamás conoceremos la verdad.

David Nogales

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    Un Comentario en “No fumes en los trenes de Praga”

    1. […] tercera cosa era el precio tan bajo del tabaco, cosa que nos alegró […]

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