Cómo nos venden la moto

5 octubre, 2010

Todo viajero que se precie debe enfrentarse alguna vez a los comerciantes codiciosos de los países que visitan.  Son expertos en colar trastos de hojalata a precio de titanio o endosarnos cachivaches inútiles maquillados de imprescindible y útil última tecnología;  sanguijuelas afanadas en vaciar los bolsillos a veces rebosantes otros llenos de telarañas de los turistas. Son molestos pero colaboran a que cada viaje se convierta en una aventura.

De los países que he visitado, sin duda me quedo con el descaro de los comerciantes turcos, formidables bebedores de té negro y hábiles engatusadores. Lo aprenden desde chicos, cuando entre juego y juego contemplan cómo su padre vende una figurita de metal de un derviche danzante diez veces más caro de lo que lo han comprando al mayorista. Fui víctima presencial de este aprendizaje, fue en el Gran Bazar de Estambul.

Me encontraba trasteando en un pequeño comercio que vendía souvenirs cuando se me acercó un joven de unos doce años para preguntarme si necesitaba ayuda. Tenía en las manos una figurita de un Derviche danzante. Para los no entendidos, son bailarines turcos ataviados con largas faldas y sombreros cilíndricos que dan vueltas y vueltas en una ceremonia religiosa llamada Sema.

Le pregunté el precio de la figurita y lógicamente me dio una cifra desorbitada. Regateé. El chaval había hecho los deberes y subió mi oferta, pero no me daba por vencido y volví a bajarla. Él jugó sus cartas y la subió para que después yo volviera a rebajarla. Ante mi última oferta el chico pareció resignarse y el trato estaba a punto de cerrarse, pero no iba a ser posible.

Desde la esquina de la tienda unos ojos discretos observaban todo el proceso con la actitud de un ave rapaz. Ante la última oferta, aquel voyeur comercial extendió sus alas y descendió rápidamente hacia mis manos arrebatándome la figurita. Era el padre del muchacho que iba a mostrarle cómo se vendían las cosas a precio de oro. Lección magistral de comercio con guiris.

Nada más quitarme la figura miró a su hijo con severidad y contemplándome fríamente añadió que no podía vendérmelo al precio que yo quería porque estaba por debajo del precio de coste. Me sentí como un niño al que le quitan su juguete preferido. En un último intento de avaricia le propuse al padre un nuevo precio por encima del anterior. Aceptó de inmediato devolviéndome mi juguete. Pagué la cantidad y me fui de allí orgulloso de mi capacidad negociadora.

Con la compra aún caliente, fui abordado por otra rapaz que representaba a una tienda de joyas. No sé muy bien cómo terminé en su pequeño comercio viendo carísimos colgantes de oro y perlas. Yo sólo buscaba algo barato para regalar a mis amigos, y así se lo hice saber al vendedor quien con una mueca de aceptación me mostró una hilera de colgajos a precios más asequibles. Me enseñó un komboloi, un objeto muy parecido a un rosario muy en boga en Grecia y Turquía.

Era muy bonito de color sonrosado. – Es ámbar – Me dijo el comerciante y lo acercó a mi nariz como si yo supiese a qué diantres huele el ámbar. – Veinte liras – añadió a continuación. –Una clavada– pensé mientras le devolvía el komboloi. Ante el gesto, el vendedor trató de renegociar y rebajó su oferta pero seguía pareciéndome excesivo. Tras unos instantes de reflexión el comerciante dio su oferta final: dos kombolois por diez liras. – Compro- pensé, y acepté la nueva oferta retirando mi compra y aflojando un billete de diez. Salí de la tienda satisfecho por mi regateo.

Mi satisfacción se tornó en decepción al cabo de dos horas cuando caminando por el centro de Estambul vi en un escaparate la misma figurita que yo había comprado a un precio muy por debajo de lo que yo había pagado. Para echar más leña al fuego uno de mis compañeros de viaje se percató de que los kombolois tenían una rebaba en un lateral, lo cual quería decir que tenían de ámbar lo mismo que yo de monarca de la Conchinchina. Eran de plástico barato.

Me vendieron la moto en toda regla haciéndome creer que había comprado una ganga. ¡Malditos! Me juré a mí mismo que jamás volvería a caer en las trampas de los comerciantes turcos pero fue imposible. Más tarde, volvería a caer es sus redes como un inocente salmonete. Acabo de enfurecerme, así que dejo esta historia para otra ocasión.

David Nogales

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