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El Barrio de los Museos, o MuseumsQuartier Wien, cuenta con una gran variedad de instituciones, desde museos de arte clásico hasta certámenes de cine, teatro, arquitectura, danza, medios de comunicación, un centro cultural para niños, tiendas y cafeterías. Una vez en la entrada principal, llamada Fisher von Erlach Wing, se puede entrar a la Escuela de Equitació Española y a la sede permanente del Festival de Viena, evento que se celebra desde 1951 con actuaciones de teatro, conciertos y danza.
Su ubicación central, frente al Museo de Arte y el Museo de Historia Natural, convirtió al MQ en un barrio cultural muy popular, gracias al apoyo de su parte recreativa, dotada de cafés, restaurantes, grandes superficies, tiendas y librerías de gran calidad, que hacen que este área de 60.000 m² sea querida tanto por los vieneses como por los turistas que la visitan.
El MuseumQuartier es, quizá, el mayor proyecto nunca acometido en el mundo de intervención arquitectónica en un centro monumental histórico y su presupuesto ascendió a más de 150 millones de euros. Alberga en su perímetro importantes instituciones: AICA (Sociedad Internacional de Críticos de Arte), Centro de Arquitectura de Viena, Museo del Tabaco, Viena Básica (Centro de Información y Archivo de las Artes, Arte y Debate, Kunsthalle de Viena, Salas E y G de la Kunsthalle de Viena, Museo Leopold, Museo Stiftung Ludwig de Arte Moderno, Instituto de Nuevas Tecnologías Culturales, Quartier 21, Revista de Arte Contemporáneo, Tanzquartier Viena, Teatro de los Niños, Festival de Viena, Xtra Kinderinfo y el Museo ZOOM de los Niños.
El conjunto se emplaza frente al Palacio Imperial de invierno, el Hofburg, en el área en la que se encuentran las caballerizas y el picadero cubierto, construcciones de estilo barroco situadas en el mismo complejo arquitectónico en el que se edificaron, durante el siglo XIX, el Kunsthistorisches Museum (Museo de Bellas Artes) y el Museo de Ciencias Naturales, que albergan las colecciones imperiales de la Casa de Austria. El emperador Carlos VI encargó, en 1713, al arquitecto Johann Bernhard von Erlach la construcción de las caballerizas de palacio en una gran explanada situada frente a la entrada del complejo monumental, obras que fueron concluidas por su hijo Johann Emanuel von Erlach doce años más tarde. En 1850, el arquitecto Leopold Meyer rediseñó las caballerizas y comenzó la construcción del picadero cubierto, para uso invernal.
Entre 1980 y 1986, las instituciones culturales y el Parlamento austriaco comenzaron a debatir el proyecto de lo que habría de ser el Barrio de los Museos de Viena, poniendo especial énfasis en que el complejo museístico resultante se dedicara, especialmente, al arte moderno y contemporáneo, así como a las nuevas tecnologías: video, instalaciones audiovisuales, etc. Entre las prioridades del proyecto se consideraron la ampliación de los espacios expositivos del Museo de Bellas Artes y del Museo de Ciencias Naturales, ya existentes, así como el alojamiento definitivo de las colecciones de arte moderno que se exponían desde hacía cuatro décadas, en los palacios de Schweizengarten y de Liechtenstein.
En fin, en 1987 se falló un concurso internacional al que se presentaron 88 proyectos, y en el que resultaron doce finalistas. El proyecto definitivo se adjudicó al estudio de arquitectura vienés Ortner & Ortner, fundamentándose la elección en que armonizaba el conjunto arquitectónico del Palacio Imperial con la estructura habitacional de clase media del Distrito VII, el de Spittelberg, un barrio con población básicamente joven.
Un edificio blanco y un edificio negro se sitúan en los extremos de las caballerizas y del picadero de invierno del Palacio Imperial, conformando una apuesta arquitectónica que suscitó una animada polémica entre arquitectos, urbanistas, políticos y ciudadanos. Como ocurre siempre que se interviene en un área monumental de gran significación histórica, el debate se estableció entre tradición y modernidad, y éste se expresó entre dos concepciones extremas. La primera de ellas, la comparten quienes consideran que de ninguna manera se puede alterar el entorno urbanístico. La segunda de ellas defiende que la evolución de las ciudades exige propuestas de ruptura que alteren, incluso dramáticamente, el paisaje histórico y monumental.
La solución final, pasó por crear un equilibrio entre la permanencia de la historia y su renovación. Quizá por ello, los vieneses, a quienes les gusta discutir vehementemente las innovaciones de su ciudad, zanjaron esa polémica aceptando que se edificaran los proyectos del Museo Leopold y del Museo Stiftung Ludwig de Arte Moderno, siempre y cuando la altura de las construcciones resultantes no se impusiera sobre el conjunto arquitectónico preexistente, de línea barroca, y que se desechara la construcción de una torre de sesenta metros de altura, que iba a levantarse en medio del conjunto intervenido.
El museo que alberga la colección de Rudolph Leopold es un gran paralepípedo y está completamente revestido de «vastra», una bella piedra blanca de sedimento de conchas, material que continúa urbanísticamente la gran explanada que se abre entre las caballerizas y las construcciones del Palacio de Invierno. Los tres pisos que se levantan sobre el nivel de la calle reciben luz natural a través de varias ventanas panorámicas, desde las que se contemplan vistas de la ciudad que también pueden verse en algunas de las obras expuestas. La luz exterior también penetra por claraboyas en el techo. Las paredes son blancas como la piedra de «vastra» que las recubre. El visitante experimenta una sensación de placidez, que muchas veces contrasta con las duras y violentas imágenes del secesionismo y del expresionismo de los artistas representados.
Por su parte, en el otro extremo de la explanada, el edificio que alberga las colecciones Stiftung y Ludwig de Arte Moderno, está construido con una roca basáltica joven que tiene el color de la antracita, gris oscuro, casi negro. Se trata de otro paralepípedo de dimensiones muy semejantes al Museo Leopold. Se accede a él por el conducto de una escalera de diez metros de longitud y un desnivel de cuatro metros de altura. La escalera y los ascensores parten el interior del museo en dos y están revestidas de la misma roca volcánica que el exterior, provocando en el visitante la impresión de que se encuentra en una mina o en una fábrica, impresión que los arquitectos han buscado como metáfora de la creación artística contemporánea.
Ese espacio, algo perturbador, da paso a las estancias expositivas. Las colecciones que albergan incluyen muestras de las vanguardias clásicas, especialmente expresionismo alemán, cubismo y surrealismo, así como muestras de informalismo, expresionismo abstracto y pop art. Las colecciones son discretas en comparación con las de otros grandes museos europeos y norteamericanos, destacando, eso sí, algunas piezas de Magritte o Warhol, en ambos extremos.
Por último, el edificio de las caballerizas imperiales ha sido rehabilitado para exposiciones temporales, especialmente dedicadas a las nuevas tecnologías. En esa zona, por detrás de las caballerizas, se ha logrado comunicar todo el conjunto museístico con el barrio de Spittelberg, por medio de terrazas y escaleras que pasan por encima de las antiguas murallas medievales de Viena.
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