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La arquitectura Valladolid comienza a convertirse en urbana a partir de la agitación urbanística que proviene de mediados del siglo XIX. Valladolid se moderniza durante este siglo, tras la vorágine remodeladora a la que dieron lugar las desamortizaciones. Todos los conventos y monasterios de Valladolid, que eran muchísimos, fueron expropiados por el Gobierno. Se expulsó a los monjes de San Benito, a los que había en El Carmen, hoy convertido en cementerio y a los del convento más importante de la ciudad, los Franciscanos de la Plaza Mayor, que estaban situados enfrente de los que hoy es el nuevo Ayuntamiento (el anterior también se demolió completamente).
Es entonces cuando Valladolid deja de ser rural, y el campo que penetraba en la ciudad a mediados del siglo XIX se aleja definitivamente del núcleo urbano. Los monasterios expropiados estaban llenos de huertas, pero los edificios son destruidos y al igual que las huertas, se utilizan para construir grandes edificios residenciales al gusto de la burguesía de entonces tales como la Casa de Mantilla, los edificios de Duque de la Victoria o el Campo Grande.
El segundo factor decisivo del cambio hacia la modernidad en Valladolid fue la llegada del tren, en 1856, que crea unas posibilidades entonces insospechadas pero muy efectivas. Las inquietudes en los campos del transporte, la comunicación, la industria y las finanzas dan como resultado un optimismo urbano que impulsa decididamente la modernización de Valladolid, aunque con notables pérdidas de arquitectura histórica. Como ejemplo, la actualidad Acera de Recoletos donde estuvieron situados a partir del siglo XVI tres conventos y un hospital. El hospital era el llamado de la Resurrección, en la zona donde ahora se encuentra la casa Mantilla. Los conventos fueron dos de monjas y uno de frailes, con bastante terreno propio, con iglesia y con huertas. Era por aquel entonces una zona de las afueras de Valladolid que llegó a urbanizarse y formar parte de la ciudad a finales del siglo XIX.
Continuando con este cúmulo de desastres en la arquitectura de Valladolid hay que hablar de la absorción de miles de emigrantes procedentes del éxodo rural que provoca un importante crecimiento demográfico y urbanístico. Este último se produce de forma totalmente descontrolada, nacen nuevos barrios obreros, como La Rondilla, y se producen más pérdidas irreparables de patrimonio urbano en el casco viejo: edificios antiguos, conventos y claustros, incluyendo decenas de palacios renacentistas, fueron demolidos para construir bloques de pisos de gran altura que rompen la armonía arquitectónica de la ciudad. Estas actuaciones son consecuencia del planeamiento urbanístico proyectado y parcialmente ejecutado en 1938 por el urbanista alcoyano César Cort.
La ciudad se expande, creciendo del otro lado de la vía férrea en el barrio que se llamará de Las Delicias. Tras la postración de los primeros años de la posguerra, desde los 50 Valladolid experimenta un importante cambio debido a la instalación de industrias automovilísticas y de otros sectores. En los últimos años de la década de los 60 se inicia un peculiar proyecto: la construcción del Edificio Duque de Lerma, que sería el edificio más alto de la ciudad. Tres décadas después de su construcción, permaneció deshabitado y en varias ocasiones a punto de ser derribado. A finales de 1997, el Ayuntamiento consiguió desbloquear todos los obstáculos y las obras se reanudaron. Desde diciembre de 1999, este edificio de veintidós pisos de altura luce un exterior totalmente renovado con un diseño sobrio y elegante.
Es un edificio de viviendas situado en la acera de Recoletos, construido a finales del siglo XIX, sobre los terrenos del Hospital de la Resurrección, donde el escritor Miguel de Cervantes había situado su novela El coloquio de los perros. Hacia 1890, el viejo hospital, del que sólo se conserva un fragmento de su portada del siglo XVI, hoy situada en el jardín de la cercana Casa de Cervantes, fue demolido. Fue diseñado por Julio Saracíbar con una imagen formal exterior muy poderosa.
Las fachadas poseen cuatro pisos y planta baja, en la que se abren grandes arquerías para el comercio. Los pisos poseen grandes miradores, cuya apilación da verticalidad a la fachada y amplios balcones. Las esquinas entre la calle Miguel Íscar y la acera de Recoletos y entre ésta y la calle Mantilla, se resuelven con torreones rematados en cúpula, que también imprimen un importante movimiento ascensional a la fachada. El edificio presenta una decoración en estucos a base de columnas y pilastras, cariátides, guirnaldas o frontones, en parte hoy desaparecidos. El estilo general es ecléctico, de enormes resonancias beaux-artianas francesas en la organización, proporciones de huecos y decoración de las fachadas.
Construido entre 1906 y 1908 en la misma Acera de Recoletos los planos son obra de Jerónimo Arroyo. El edificio muestra el portal en la esquina, como era casi preceptivo en este tipo de solares, y se organiza en torno a un gran patio interior al que también abre ventanas la escalera. Esta es una disposición muy moderna para aquel tiempo y se usará en numerosísimas ocasiones en las décadas siguientes. La fachada es lo más representativo del edificio, con un torreón que resuelve la esquina. Es cilíndrico y nace de unos delicados soportes de fundición de aspecto orgánico y que parece que lo sostienen. En él se abren grandes huecos decorados con columnas y elementos vegetales que dan ligereza y verticalidad al elemento y se remata con una cúpula apuntada.
En el solar que hoy ocupa el Museo Patio Herreriano, antes Monasterio de San Benito, se ubicaron en los siglos XII y XIII los Reales Alcázares. En el s. XIV esta fortaleza perdió su función defensiva para convertirse en monasterio benedictino. A finales del s. XV pudo construirse una gran iglesia para el monasterio (actual iglesia de San Benito) en la que participaron algunos de los mejores arquitectos de la época, como Juan de Arandia y Rodrigo Gil de Hontañón, y a finales del s. XVI se encargó al arquitecto Juan de Ribero Rada el diseño de un nuevo y más amplio monasterio. Las obras del monasterio se prolongaron hasta el siglo XVIII, momento en que se termina el claustro de la Hospedería. Tras la desamortización el monasterio volvió a su origen militar, denominándose Fuerte de San Benito, lo que llevó al derribo y reforma de significativas zonas del antiguo monasterio.
En la actualidad cada uno de los tres patios cumple diversas funciones. El de la Hospedería es sede de oficinas del Ayuntamiento, tras una profunda rehabilitación arquitectónica. La iglesia de San Benito y un sector del patio de novicios están regentados por los carmelitas descalzos. Finamente el Patio Herreriano alberga la sede del Museo de Arte Contemporáneo. De su extremo oeste nacen ahora las nuevas construcciones necesarias para su adaptación a museo. El complejo arquitectónico se ha formado por tanto a través de un largo e histórico ensamblaje de espacios.
Obra de los arquitectos Enrique de Teresa, Rafael Moneo, y colaboradores, nació para ser percibido en movimiento. La fachada de cerámica de la antigua fábrica de harinas de El Palero, la cara de cobre oxidado y vidrio mirándose en el agua, la torre enrejada, la pasarela sobre el río, las plazas, el gran vestíbulo interior, el Planetario, las salas de exposiciones... todo el conjunto arquitectónico respira Ciencia y Arte, y su experiencia se convierte en una sorprendente sucesión de acontecimientos visuales.
En la arquitectura exterior tiene especial relevancia la emblemática torre del Museo, en cuya última planta se encuentra un restaurante que ha sido galardonado con una estrella Michelín. El siguiente elemento exterior más singular por su valor histórico y arquitectónico es la fachada de ladrillo rojo (antigua fachada de la fábrica de harinas) existente en la plaza Sur del Museo. Detrás de la misma y en el interior de un edificio de cuatro plantas se encuentra la mayor parte de la exposición permanente del Museo. Otro elemento muy llamativo por su cubierta de diente de sierra color verde es la sala de exposiciones temporales. Junto a ella puede verse un cubo realizado en hormigón blanco, que aloja la cúpula del planetario.
La arquitectura Valladolid tiene en este complejo cultural uno de sus más modernos representantes. Inaugurado en el año 2007 por los Reyes de España, fue diseñado por Ricardo Bofill y concebido como una ciudad de la cultura, el mayor equipamiento de Europa de este tipo, con un espacio de 54.000 metros cuadrados diseñado para el ensayo, la planificación y la escenificación de las artes tradicionales y de vanguardia. La entrada es un muro rojo escultural de 180 metros de largo y, a través de una pared flotante de vidrio, el espectador se desliza hacia un hall de entrada clásico, geométrico, sobrio y rotundo, y a la vez de arquitectura ultramoderna que conduce a los diferentes entornos: teatro, auditorio, salas de concierto para música de cámara, una amplia sala para el teatro experimental, un conservatorio de música y sendas escuelas de danza y arte dramático, así como salas de ensayos, vestuarios, camerinos, espacios auxiliares y servicios técnicos.
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