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La construcción del Palacio de la Aljaferia data del s.XI, durante el reinado del segundo monarca de la dinastía de los Banu Hud, Abú Yafar Ahmad ibn Sulayman. Este monarca ostentó los títulos de 'Imad al-Dawla' (Pilar de la Dinastía) y 'al-Muqtadir bi-llah' (Poderoso gracias a Dios). Este último, obtenido tras la reconquista de Barbastro, hizo que viviera los años más florecientes de su mandato al consolidar su poder y obtener un gran prestigio entre el resto de las taifas peninsulares como defensor del Islam.
Este conjunto arquitectónico se distingue por la delicada belleza ornamental y los logros formales. Sus precedentes artísticos entroncan con los palacios sirio-omeyas del desierto, en torno al siglo VIII. Construido como quinta de recreo de los reyes musulmanes de la ciudad, el palacio islámico conserva parte de su primitivo recinto fortificado. Es de planta cuadrangular, reforzado por torreones exteriores redondeados con excepción del mayor llamado del Trovador. Éste destaca en altura y es rectangular, de grandes dimensiones y se organiza en varias plantas.
La zona inferior, datada en el siglo IX, es el resto más antiguo del conjunto arquitectónico. El palacio taifal es de una delicada belleza con el esquema de un gran patio rectangular a cielo abierto, dos pórticos laterales con arquerías mixtilíneas y al fondo unas estancias tripartitas destinadas al uso ceremonial y privado. En la parte derecha o norte del recinto se encuentran las dependencias más antiguas y mejor conservadas, sobre todo la pequeña y hermosísima mezquita, que es de planta cuadrada en la base y octogonal en altura, con un esbelto arco de herradura en el hueco del mihrab. Este pequeño oratorio es una auténtica joya en su género y si bien la cúpula no es la primitiva de la obra, los arcos mixtilineos, los capiteles de alabastro y la complicada decoración de ataurique dan cuenta de la rica cultura y sensibilidad artística de los hispanomusulmanes del Valle del Ebro.
Se utilizaron en todo el Palacio de la Aljaferia de Zaragoza, elementos formales de gran interés artístico: Columnas de basa ática, fuste liso con bocel y nácela, y capiteles de orden corintio y compuesto. Estos últimos esculpidos prácticamente en su totalidad en alabastro. Se pueden distinguir también dos series, una de decoración de ataurique y la segunda mucho más austera. Los arcos, recurren al clásico modelo de herradura, también conviven arcos polilobulados y los de trazado mixtilineo, que se consolidaron de manera formal en la Aljafería.
Tras la reconquista de la ciudad por Alfonso I el Batallador, el palacio pasó a ser residencia de los monarcas cristianos quienes llevaron a cabo numerosas obras de ampliación y acondicionamiento. De este periodo medieval, siglos XII-XIV cabe citar la iglesia de San Martín, la Alcoba de Santa Isabel, la arquería oeste del patio y, sobre todo, las salas mudéjares del palacio de Pedro IV.
En torno a 1492, y sobre la fábrica musulmana, fue erigido el Palacio de los reyes Católicos. Este palacio consta de una solemne escalera, una galería y un conjunto de salas denominadas de los Pasos Perdidos con magnífica techumbre de madera gótico-mudéjar que tienen su culminación en el gran Salón del Trono con un soberbio artesonado.
A finales del siglo XVI Felipe II ordenó adaptar el castillo para las nuevas armas de artillería y su ingeniero Tiburcio Spanocchi añadió una barrera en talud con baluartes pentagonales en los ángulos y un amplio foso. Durante los siglos XVIII y XIX se produjeron en el edificio profundas intervenciones para su adecuación como acuartelamiento. Debido a todos estos avatares históricos, la Aljafería es uno de los edificios más complejos de Aragón en cuanto a su historia constructiva y supone además una de las mayores cimas del arte hispano-musulmán siendo sus aportaciones artísticas retomadas con posterioridad en los Reales Alcázares de Sevilla y en la Alhambra de Granada.
La Aljafería de Zaragoza fue declarada Monumento Nacional de Interés Histórico el 4 de junio de 1931. No obstante, permaneció en estado de abandono hasta la segunda mitad del siglo XX cuando comenzaron los trabajos de restauración de este magnífico palacio para devolverle todo su esplendor. El resultado de las excavaciones arqueológicas, dieron lugar al aspecto que el edificio presenta en la actualidad, y en que se pueden diferenciar los restos originales de los reconstruidos.
A todo ello hay que añadir la instalación de las Cortes de Aragón en una parte del conjunto monumental, habiendo dirigido las obras desde 1985 los arquitectos Franco y Pemán. Estas obras se enmarcan dentro de las corrientes estéticas de la arquitectura contemporánea, y en ellas sus autores han huido de la inclusión de elementos históricos que pudieran producir posibles equívocos de interpretación. Sin duda, un extraordinario complejo histórico-artístico de la ciudad de Zaragoza.
