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La Iglesia de San Francisco es uno de esos muchos edificios en los que se puede contemplar la particular manera de construir que a lo largo de los siglos se ha seguido en la región de Ecuador, en tiempos en que los edificios religiosos predominaban sobre los civiles.
Se encuentra en medio del centro histórico de la capital, Quito, y cuenta con el privilegio de ser el conjunto arquitectónico de mayores dimensiones de toda América, motivo por el que se le conoce popularmente como el Escorial del Nuevo Mundo.
Es también una de las joyas más valoradas dentro de la arquitectura continental, en donde se dan cita varios estilos que se combinan armoniosamente y que son testigos de sus más de ciento cincuenta años de historia.
Su construcción se inició en torno al año 1550, tan solo 15 después de que los conquistadores llegados de Europa fundaran la ciudad de Quito. La finalizaron en el 1680, aunque fuera oficialmente inaugurada en el 1605, y con el paso de los siglos fue objeto de algunas renovaciones y ampliaciones que dieron como resultado esa confluencia de estilos.
En la actualidad todavía no se sabe quienes fueron los que levantaron los primeros planos del conjunto de la Iglesia San Francisco de Ecuador, pero parece ser que la hipótesis más aceptada es la que lo atribuye a arquitectos españoles, procedentes de la orden franciscana.
Sí se conoce el nombre de otro arquitecto natural de Quito, fray Antonio Rodríguez que a mediados del siglo XVII se convirtió en el artífice del convento y del templo de Santa Clara, otra de las grandes joyas de la arquitectura colonial del país.
A lo largo de sus más de 150 años de historia, los planos originales del templo fueron variados múltiples veces, en su mayoría como consecuencia de terremotos que hacían necesario el inicio de las obras de reconstrucción y que siempre se aprovechaba para hacer algún añadido de importancia. De ahí que la Iglesia haya alcanzado en la actualidad un estilo más bien ecléctico.
Como consecuencia, la fachada del templo refleja la presencia de elementos manieristas de una manera temprana en la zona de Latinoamérica, junto con elementos claramente renacentistas que contrastan con las decoraciones internas, más próximas al mudéjar y al barroco, en los que se utiliza con profusión el pan de oro, para dotar al conjunto de esplendor.
En cuanto a sus tres naves, estas cuentan con artesonados moriscos con lazos mudéjares, además de columna de varios estilos y retablos decorados con profusión. Es muy interesante también el coro, donde se conserva íntegra la decoración mudéjar de finales del siglo XVI.
En torno a esta iglesia giran varias leyendas de las cuales, la más importante y conocida es la que se refiere al indígena Cantuña, quien estaba a punto de ir a la carcel porque no había podido terminar a tiempo la obra que se le había asignado y por la que le habían pagado por adelantado, el atrio de la Iglesia de San Francisco.
Se le apareció entonces el diablo quien le propuso acabar la obra a cambio de su alma, en tan solo una noche, algo a lo que le indígena accedió de manera que pronto miles de pequeños diablos se pusieron a trabajar en ella, pero cuando iba a recibir la obra acabada, Cantuña le quitó una pieza de manera que quedó oficialmente inacabada con lo que el diablo no pudo cumplir su promesa y llevarse su alma.
Este es sin duda un lugar muy recomendable para conocer en los viajes a Ecuador, ya que representa uno de los mejores ejemplos de la arquitectura colonial ecuatoriana.
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