Perdidos en Dobšinská

27 enero, 2010
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Cuando el cincel de la erosión trabaja durante un dilatado periodo de tiempo una región concreta, el resultado suele ser impresionante. El fruto de este paciente trabajo es una obra de arte única e irrepetible. En la región eslovaca de Košice se encuentra una de estas joyas únicas, la cueva glacial de Dobšinská. Se trata de la sima de hielo más grande de Eslovaquia y una de las más sensacionales del planeta.

Poder contemplar estos trabajos de la naturaleza es un privilegio que no está al alcance de todo el mundo. Sólo unos pocos elegidos debidamente documentados y preparados con los horarios de apertura de estas maravillas naturales pueden dejarse embelesar por su fastuosidad. Llegué hasta la boca de la cueva pero ¿quién iba a imaginarse que los lunes cerraba por descanso?

La idea era viajar hasta el Parque Nacional Karst de Eslovaquia, donde se encuentra la citada cueva glacial de Dobšinská. Para llegar hasta allí teníamos que tomar un tren hasta la localidad de Margecany y desde allí tomar otro convoy hasta la aldea de Dobšiná. Un trayecto de unas ocho horas atravesando toda Eslovaquia.

En el trayecto hasta Margecany, coincidimos con L´udovit Stur, un historiador eslovaco que amenizó el viaje contándonos anécdotas de la Eslovaquia comunista. Además, este simpático cronista nos recomendó bajarnos del tren en un punto más próximo a la cueva glaciar que queríamos visitar, en lugar de llegar hasta Dobšiná.

dobsina

Cada metro que nos alejaba de la capital implicaba una persona menos con la que podernos comunicar en inglés, castellano o francés. Después de recorrer 400 kilómetros hasta Margecany, no había forma de comunicarse con nadie. En la misma estación tratamos de recabar información sobre nuestra nueva parada pero era inútil. Fueron necesarios treinta minutos de mímica para dar con el andén y los horarios del tren que nos dejarían en la cueva. 

Cinco horas más tarde nos encontrábamos en un siniestro apeadero rural en mitad de un cinturón de montañas sin un alma a la redonda. Un cartel informativo nos indicaba que el próximo tren pasaría en la mañana del día siguiente: se mascaba la tragedia. No habíamos reservado ninguna habitación en ningún hotel, es más, ni siquiera conocíamos los pueblos cercanos, de manera que cuando el tren cerró sus puertas y arrancó, nos encontramos oficialmente perdidos en algún punto de la montaña eslovaca. 

Como si aquello fuera una película de zombis, una espesa niebla cubría la única carretera que salía del apeadero. Como no teníamos nada mejor que hacer, seguimos ese sendero con la sensación de estar metidos en un buen lío. La humedad del ambiente se entretuvo con nosotros colándose hasta el mismísimo tuétano de nuestros huesos. A los quince minutos había desestimado la idea de dormir al raso con un saco.

Por suerte, tras un tiempo indeterminado de lamentación y maldiciones, un enorme cartel al margen de la carretera nos indicaba la ubicación de la cueva glacial. Corrimos hacia el cartel como náufragos al paso de un avión. Unas increíbles estalactitas de hielo azul nos daban un avance de lo que íbamos a ver en la cueva, y un hermoso letrero de horarios nos indicaba que la cueva cerraba los lunes por descanso del personal. Era lunes.

bosque

Era el plan perfecto. A ocho horas de la capital, en mitad de una montaña con un nombre impronunciable, con la humedad mordiéndonos los talones, sin hotel para dormir y sin saber si había civilización en las proximidades. Vamos, el planazo que cualquier viajero desea

Estaba a punto de echarme a llorar con pataleta incluida cuando escuché unas voces que provenían del interior del bosque. Al poco, una familia aparecía en escena con cara de frustración. En ese preciso momento sonaron trompetas en el interior de mi cabeza anunciando buenas nuevas.

Corrí hacia la familia. El padre, un hombre corpulento de voz grave me pregunto en inglés – Can I Help you? – . Para mis adentros pensé – ¿Qué si puedes ayudarme?, tío, puedes salvarme la vida – Le respondí con un Yes tan efusivo que todos se echaron a reír. Por fin algo positivo nos había sucedido después de una jornada de mala suerte initerrumpida.

Relaté a aquel hombre todo lo que nos había ocurrido desde la salida de Bratislava. La pregunta del millón era si en las proximidades había algún pueblo donde poder encontrar cama para dormir caliente. El hombre arqueó la ceja, y nos dijo que la localidad más cercana se encontraba a unos quince kilómetros de distancia siguiendo la carretera. Con un rayo de esperanza posado sobre mi conciencia, me coloqué la mochila al hombro dispuesto llegar hasta ese pueblo desconocido, Dedinky.

To be Continued…

David Nogales

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